Los Alpes suizos son, sin duda, uno de los mayores atractivos turísticos del viejo continente. Esquiar, escalar o simplemente contemplar la inmensidad de la montaña y sus valles son algunos de los reclamos, pero también lo es el hielo. Y es que todas las primaveras, en Rhonegletscher, se excava un túnel que a lo largo del verano supone una parada imprescindible en la Ruta de los tres puertos. Hablamos del Glaciar del Ródano y su increíble cueva de hielo que, aunque efímera, es tremendamente bella.

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Historia del Glaciar de Ródano

El acceso al glaciar es relativamente sencillo, ya que este ha perdido en los últimos ciento veinte años más de mil trescientos metros, dejando una marca visible en la piedra que lo forma.

¿Y cómo surge la curiosa historia del glaciar? Todo empezó cuando en hace casi dos siglos se excavaba el glaciar para utilizar ese hueco como nevera natural. Y, desde entonces, se sigue tallando artificialmente para mantenerla viva.

No obstante, la historia viene de más atrás. Durante la última edad de hielo, el glaciar del Ródano era el más grande de todos los Alpes. Sin embargo, con el paso de los siglos, y sobre todo con el actual calentamiento global, el glaciar que nace en el río Ródano y desemboca en el lago de Leman, ha ido perdiendo tamaño. El hielo ha pasado a ser agua, aunque hoy en día se intenta frenar su deshielo a la desesperada cubriendo con mantas parte del glaciar durante los meses de verano para intentar frenar posibles derrumbes.

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¿Cómo se llega?

La forma de acceder a la curiosa cueva de hielo es caminando unos diez minutos desde una tienda de recuerdos hasta la entrada de la cueva, por un camino de rocas pulidas por el propio paso y avance del glaciar. Un poco de senderismo antes de ver la gran maravilla.

Si te decides a hacerlo, vivirás una gran aventura, ya que el camino es resbaladizo, pero cuenta con puntos de interés a mitad de camino como una plataforma que se usa de mirador sobre el glaciar y un pequeño lago.

Ya en el interior de la cueva, cabe destacar que el recorrido es de unos 100 metros por un camino de madera que se construyó en 2007 para evitar accidentes como los que sucedieron ese mismo año. No obstante, se debe tener en cuenta que, pese al mantenimiento de la cueva, el glaciar se mueve cada día, lo que puede producir un desequilibrio, y formar grietas o pequeños derrumbes.

Pese a esos pequeños riesgos, la visita es única y la experiencia enriquecedora. Y no solo por el propio glaciar que está fuera, sino por lo que supone pasear bajo el glaciar viendo los tonos azules y blancos que desprende según la iluminación y el grosor del hielo. Una visión que no se borra fácilmente de la memoria y que es asombroso.

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Si quieres más información acerca de esta ruta y otras cercanas que puedes realizar también en los Alpes suizos, te aconsejamos que veas la siguiente web, donde explica al detalle cada una de las rutas.