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Cuando hablamos de contar la curiosa e increíble historia del hielo, hay dos formas de enfocar el asunto. Por un lado, está la historia del uso del elemento en sí, que se remonta al Antiguo Imperio Egipcio. Y por otro lado, está el relato de cómo el hielo empezó a comercializarse de forma habitual y de cómo aparecieron las primeras máquinas para fabricarlo. Hoy, os contaremos un poquito de cada una de ellas.

El hielo, que hoy nos parece algo de lo más natural en casa, ha sido uno de los elementos más codiciados por el ser humano desde épocas remotas. Los romanos ya iban a buscarlo a las montañas nevadas y lo transportaban en grandes bloques ayudados por mulas de carga. Lo protegían con sacos de arpillera y pieles de animales para conservarlo.

Este elemento era tan poco duradero como la nieve y hacía falta un gran número de personas para recopilarlo. Por no hablar de las construcciones especiales que eran necesarias para conservarlo. Eso lo convirtió en un elemento solo hecho para las clases altas.

Pero el verdadero origen de la actividad de los llamados neveros y de la costumbre de beber en frío, se remontan a los egipcios, donde se han encontrado los depósitos más antiguos que datan del siglo XXIX al XXI a.C. También en Mesopotamia y en Grecia, hay datos de las llamadas ‘casas de hielo’ sobre el 400 a.C. Fue precisamente en el país heleno donde se datan los primeros usos médicos del hielo de la mano de Hipócratres o posteriormente Galeno.

 Nevero de Soto en Cameros (La Rioja - España)

Esos usos terapéuticos pasaron a Roma en el siglo I a.C, aunque su uso ya se había extendido también a las bebidas y a la conservación de alimentos. De hecho, el emperador Nerón ya usaba esa nieve para enfriarse sus zumos  de frutas y los vinos.

Más tarde, en el continente asiático, a lo largo de los viajes de Marco Polo (1254-1324) se recogen varias recetas de postres helados que se preparaban en China desde tiempos lejanos. Esa idea fue trasladada a Europa donde empezó a ser habitual la aparición de los helados para las clases altas.

Ya en el Renacimiento el uso estaba extendido y organizado. Se aprovechaban las nevadas para acumular hielo en almacenes especiales, pozos y habitáculos subterráneos hechos con piedra o ladrillo cerámico macizo. Se orientaba al norte y solían estar en pequeñas cuencas formadas por las laderas de los montes. Las cavidades se rellenaban de nieve, se pisaban y apelmazaban para que estuviera bien compacta. Se separaban con elementos vegetales como paja, ramas o caña. En la parte de abajo de estos almacenes, había canales para eliminar el agua de deshielo.

Fue a partir de ahí, sobre el siglo XVI, cuando se hicieron normas legales para regular un comercio emergente y rentable con enorme impacto económico. No había ningún mes sin hielo, de hecho se intensificaba la venta en verano. Así se popularizaron las bebidas frías. De esta forma, se llegó al siglo XIX con un fuerte aumento del consumo de helados y horchatas.

La aparición de los cubitos de hielo

Fue precisamente a mediados del siglo XIX cuando, debido al tesón de Frederic Tudor, se popularizaron los hielos en forma de cubito. Y es que este norteamericano vio un gran negocio en el transporte y fraccionamiento de grandes bloques congelados. Pese a las burlas iniciales de sus contemporáneos, amasó una enorme fortuna y llegó a ser conocido como “El Rey del Hielo”.

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Nacido en 1783 en la ciudad de Boston, Frederic Tudor se obsesionó por el hielo desde muy joven. Durante un picnic familiar, Frederic y su hermano William bromearon con la posibilidad de vender bebidas frescas en el Caribe, algo que podrí­a convertirlos en millonarios. La idea quedó marcada en la mente de Frederic, quien comenzó a estudiar seriamente la posibilidad de aserrar bloques de hielo de los lagos congelados de la región, embarcarlos y venderlos en el Ecuador.

Después de miles de dificultades, de comprar su propio barco para transportar el hielo serrado, logró exportar los bloques de hielo a la isla de Martinica, en donde pensaba obtener el monopolio de las bebidas refrescantes. Pero, la 80 toneladas de hielo que llevó, pese a llegar en óptimas condiciones, no cuajó entre los lugareños, que no estaban dispuestos a estropear el sabor de sus bebidas locales.

Se negaron a comprar el hielo de Tudor, quien veía con desesperación cómo su mercaderí­a se derretí­a sin remedio. Las cosas fueron de mal en peor y parecía que nunca convencería al mundo de tomar bebida con cubitos de hielo. Aunque no se rindió. En la década de 1820, Frederic Tudor recurrió a todas las técnicas de marketing que se le ocurrieron para demostrar las bondades de su producto, incluyendo la degustación de “muestras gratis”.

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Fue así como poco a poco, convenció a los dueños de los bares para que vendiesen las bebidas con hielo al mismo precio que al natural. Enseñó a los restaurantes cómo fabricar helados usando sus bloques de hielo y hasta dialogó con los médicos en los hospitales para explicarles que el hielo resultaba una cura ideal para los pacientes afiebrados.

Su idea triunfó, llegó a Europa, Asia y Oceanía. Finalmente, la obsesión de Tudor por los cubitos de hielo dio sus merecidos frutos. Falleció feliz en 1864, varios años antes de que la llegada de la electricidad y los avances en los sistemas de refrigeración volvieran obsoletas a sus industrias con la aparición de las maquinas de que fabricaban hielo artificial.

Fue a finales de siglo XIX. El hielo natural pasó a ser fabricado por máquinas como las que hoy en día desarrolla ITV-Ice Makers. El proceso es mucho más sencillo y cómodo. Hoy en día, nadie puede vivir sin hielo.